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miércoles, 14 de mayo de 2014

¡Prologo de Ciudad de Fuego Celestial!


Prologo

Instituto de Los Ángeles, Diciembre 2007

El día en que los padres de Emma Carstairs fueron asesinados, el clima era perfecto.

Por otro lado el clima era usualmente perfecto en Los Ángeles. Los padres de Emma la dejaron en una clara mañana de invierno en el Instituto, en las colinas detrás de la autopista de la Costa del Pacífico, con vistas al océano azul. El cielo era una extensión de nubes que se extendía desde los acantilados de Pacific Palisades a las playas de Point Dume.

Un reporte había llegado en la noche antes de que la actividad demoniaca se aproximara a las cuevas de la playa de Leo Carrillo. Los Carstairs habían sido asignados para vigilar allí. Después Emma recordaría a su madre metiendo un mechón de cabello -alborotado por el viento- detrás de su oreja, mientras ella se ofrecía a dibujar una runa Sin Miedo en el padre de Emma, y John Carstairs riendo y diciendo que no estaba seguro de cómo se sentía acerca de la runa de última moda. Él estaba bien con lo que estaba escrito en el Libro Gris, muchas gracias.
En ese momento, sin embargo, Emma estaba impaciente con sus padres, abrazándolos rápidamente antes de alejarse corriendo por las escaleras del Instituto, su mochila rebotando entre sus hombros mientras se despedía agitando sus manos desde el patio.
A Emma le encantó que consiguió entrenar en el Instituto. No sólo su mejor amigo, Julian, vivía ahí, pero ella siempre sintió como si estuviera volando hacia el océano cuando estaba dentro de allí. Era una enorme estructura de piedra y madera en el final de un camino largo de grava que serpenteaba a través de las colinas. Cada habitación, cada piso, tenía vista hacia el océano, las montañas y el cielo, ondeando extensiones de azul, verde y oro. El sueño de Emma era subir al tejado con Jules — sin embargo, hasta el momento habían sido frustrados por sus padres— para ver si la vista se extendía todo el camino hasta el desierto en el sur.
Las puertas delanteras la conocían y le dieron paso fácilmente bajo su toque familiar. La entrada y los pisos inferiores del Instituto estaban llenos de adultos Cazadores de Sombras, caminando hacia atrás y adelante. Algún tipo de reunión, Emma supuso. Vio al padre de Julian, Andrew Blackthorn, el director del Instituto, en medio de la multitud. No queriendo ser frenada por tener que saludar, echó a correr hacia los vestuarios en el segundo piso, donde cambió sus pantalones vaqueros y blusa, por ropa para entrenar —una blusa de gran tamaño, pantalones sueltos de algodón, y el elemento más importante de todo: la espada colgada por encima de su hombro.
Cortana. El nombre simplemente significaba "espada corta", pero no era corta para Emma. Era la longitud de su antebrazo, metal brillante, la espada inscrita con palabras que nunca dejaban de provocar un escalofrío que le recorriera la espalda: Soy Cortana, del mismo acero templado que el de Joyeuse y Durendal. Su padre le había explicado lo que significaba cuando puso la espada en sus manos de diez años de edad, por primera vez.
"Puedes usar esto para el entrenamiento hasta que tengas dieciocho años, cuando se convierta en tuya," John Carstairs le había dicho, sonriéndole mientras sus dedos trazaban las palabras. "¿Entiendes lo que significa?"
Ella había movido la cabeza. "Acero" había entendido, pero no "templar". "Templar" significaba "ira", algo que su padre siempre le advertía que debía controlar. ¿Qué tenía que ver con una espada?
"Sabes de la familia Wayland," él había dicho. "Ellos fueron famosos fabricantes de armas antes de que las Hermanas de Hierro comenzaran a forjar todas las espadas de Cazadores de Sombras. El Herrero Wayland hizo Excalibur y Joyeuse, las espadas de Arthur y Lancelot, y Durandal, la espada del héroe Roland. Hicieron esta espada también, desde el mismo acero. Todo el acero debe ser templado -sometido a gran calor, casi lo suficiente para fundir o destruir el metal para que sea más fuerte.” Él había besado la parte superior de la cabeza. "Los Carstairs han llevado esta espada por generaciones. La inscripción nos recuerda que los Cazadores de Sombras son las armas del Ángel. Nos templan en el fuego, y nos hacemos más fuertes. Cuando sufrimos, sobrevivimos.”
Emma no podía esperar a los seis años hasta que ella tuviera dieciocho, cuando pudiera viajar por el mundo para luchar contra los demonios, cuando pudiera ser templada en el fuego. En la actualidad ató la espada y dejó el vestuario, imaginando cómo sería. En su imaginación, ella estaba de pie en la cima de los acantilados sobre el mar en Point Dume, defendiéndose de un grupo de demonios con Cortana. Julian estaba con ella, por supuesto, blandiendo su arma favorita, la ballesta.
En la mente de Emma, Jules siempre estaba allí. Emma lo había conocido durante tanto tiempo como podía recordar. Los Blackthorn y Carstairs siempre habían sido cercanos, y Jules era sólo unos meses más grande; literalmente ella nunca había vivido en un mundo sin él. Ella había aprendido a nadar en el océano con él cuando ambos habían sido bebés. Habían aprendido juntos a caminar y luego correr. Había sido cargada en los brazos de los padres de él y acorralada por su hermano y hermana mayor cuando se portaban mal.
Y se portaban mal a menudo. Teñir al gato blanco de la familia Blackthorn —Oscar—de un azul brillante había sido idea de Emma cuando ambos tenían siete. Julian había tomado la culpa de todos modos; lo hacía muchas veces. Después de todo, él había señalado, ella era hijo única y él era uno de siete; sus padres se olvidarían que se enojaron con él mucho más rápido que los de ella lo harían.
Recordó que la madre de él había muerto, justo después de haber nacido Tavvy, y cómo Emma había estado sosteniendo la mano de Jules mientras que el cuerpo se había quemado en los cañones y el humo había subido al cielo. Recordó que él había llorado, y recordó haber pensado que los niños lloraban de modo diferente a las niñas, con horribles y rotos sollozos que sonaban como si estuvieran siendo sacados con golpes. Tal vez era peor para ellos, ya que no se suponía que lloraban.
"¡Uf!" Emma se tambaleó hacia atrás; había estado tan absorta en sus pensamientos que había chocado justo con el padre de Julián, un hombre alto con el mismo pelo castaño despeinado como la mayoría de sus hijos. "¡Lo siento, Sr. Blackthorn!"
Él sonrió. "Nunca antes había visto a nadie tan ansioso por llegar a las lecciones,” dijo mientras ella se precipitaba por el pasillo.
La sala de entrenamiento era una de las salas favoritas de Emma en todo el edificio. Ocupaba casi un nivel completo, y ambas paredes, del este y oeste, eran de vidrio transparente. Se podía ver el mar azul casi por doquier. La curva de la costa era visible desde el norte al sur, el agua sin fin del Pacífico extendiéndose hacia Hawai.
En el centro del pulido piso de madera estaba de pie el tutor de la familia Blackthorn, una mujer al mando llamado Katerina, actualmente dedicada a la enseñanza del lanzamiento de cuchillos a los gemelos. Livvy estaba siguiendo instrucciones atentamente como siempre hacía, pero Ty tenía el ceño fruncido y resistente.
Julian, en sus ropas flojas de entrenamiento, estaba acostado sobre su espalda cerca de la ventana oeste, hablando con Mark, que tenía la cabeza pegada en un libro y estaba haciendo lo posible por ignorar a su medio hermano más joven.
"¿No crees que 'Mark' es una especie de nombre extraño para un cazador de sombras?" Julian estaba diciendo cuando Emma se acercó. "Quiero decir, si realmente piensas en ello. Es confuso. 'Pon una marca en mí, Mark.'"
Mark levantó su cabeza rubia del libro que estaba leyendo y miró a su hermano menor. Julian ociosamente estaba girando una estela en su mano. Lo sostenía como un pincel, algo por lo que Emma siempre lo regañaba. Se suponía que se sostuviera una estela como una estela, como si fuera una extensión de su mano, no la herramienta de un artista.
Mark suspiró teatralmente. A los dieciséis años él era lo suficiente mayor para encontrar todo lo que Emma y Julian hacían ya sea molesto o ridículo. "Si te molesta, puedes llamarme por mi nombre completo", dijo.
"¿Mark Antony Blackthorn?" Julian frunció la nariz. "Toma mucho tiempo para decirlo. ¿Qué pasa si fuéramos atacados por un demonio? Para el momento en que estuviera a mitad de camino de decir tu nombre ya estarías muerto.”
"¿En esta situación estás salvando mi vida?", preguntó Mark. "Te estás adelantando a ti mismo, ¿no lo crees, mequetrefe?”
"Podría suceder.” Julian, no complacido por ser llamado mequetrefe, se incorporó. Tenía el pelo pegado en mechones salvajes por toda la cabeza. Su hermana mayor, Helen siempre lo estaba atacando con cepillos para el pelo, pero nunca hizo ningún bien. Tenía el cabello de los Blackthorn, como su padre y la mayoría de sus hermanos y hermanas-salvajemente ondulado, el color del chocolate negro.
El parecido familiar siempre había fascinado a Emma, que se parecía muy poco a cualquiera de sus padres, a menos que se contara el hecho de que su padre era rubio.
Helen había estado en Idris desde hace meses con su novia, Aline; habían intercambiado loa anillos se la familia y eran "muy serias" la una con la otra, de acuerdo con los padres de Emma, que en su mayoría significaba mirarse el uno al otro de una manera cursi. Emma estaba determinada que si alguna vez se enamorara, ella no sería así de cursi. Ella entendía que hubiera cierta cantidad de alboroto sobre el hecho de que tanto Helen como Aline eran chicas, pero no entendía por qué, y parecía que a los Blackthorn les agradaba mucho Aline. Ella era una presencia calmante, y alejaba a Helen de los problemas.
La actual ausencia de Helen significaba que nadie estaba cortando el pelo de Jules, y la luz del sol en la sala convertía sus mechones en oro. Las ventanas a lo largo de la pared oriental mostraban la extensión sombría de las montañas que separan el mar desde el Valle de San Fernando. A veces, los cazadores de sombras salían al exterior a entrenar, y Emma amaban esos momentos, le encantaba encontrar caminos ocultos y cascadas secretas y los lagartos soñolientos que descansaban en las rocas cerca de ellos. Julian era experto en persuadir a los lagartos a que se arrastraran a su palma y durmieran allí mientras les acariciaba la cabeza con el pulgar.
"¡Cuidado!"
Emma se agachó cuando una afilado cuchillo de madera voló por su cabeza y rebotó en la ventana, golpeando a Mark en la pierna al rebotar. Arrojó su libro y se puso de pie, con el ceño fruncido.
Mark estaba técnicamente en supervisión secundaria, ayudando a Katerina, aunque él prefería leer a enseñar.
“Tiberius,” dijo Mark. "No me arrojes cuchillos."
"Fue un accidente." Livvy se movió para estar entre su gemelo y Mark. Tiberius era tan oscuro como Mark era rubio. El único de los Blackthorn -aparte de Mark y Helen, que no contaban a causa de su sangre de submundo- que no tenía el pelo castaño y ojos verde-azulados que eran los rasgos de la familia. Ty tenía el pelo negro y rizado y ojos grises del color del hierro.
"No, no lo fue,” dijo Ty. "Estaba apuntando a ti."
Mark tomó una profunda y exagerada respiración y se pasó las manos por el pelo, lo que hizo que se le pusiera en punta. Mark tenía los ojos Blackthorn, el color del cardenillo, pero su pelo, como el de Helen, era pálido casi blanco, como lo había sido el de su madre. El rumor era que la madre de Mark había sido una princesa de la Corte Seelie, ella había tenido un romance con Andrew Blackthorn que había producido dos hijos, a los que había abandonado a las puertas del Instituto de Los Ángeles una noche antes de desaparecer para siempre.
El padre de Julián había tomado a sus hijos mitad-hada y los había criado como cazadores de sombras. La sangre de Cazador de Sombras fue dominante, y aunque a el Consejo no le gustaba, aceptarían a los niños parte submundo en la Clave, siempre y cuando su piel pudiera tolerar las runas. Tanto Helen como Mark habían sido marcados por primera vez a los diez años, y su piel aceptó las runas de forma segura, aunque Emma podría decir que ser marcado hirió a Mark más de lo que heriría a un cazador de sombras ordinario. Se dio cuenta de él haciendo una mueca, aunque trató de ocultarlo, cuando la estela marcó su piel. Últimamente había estado notando muchas más cosas acerca de Mark –la forma en que la extraña influencia de hada en su rostro era atractiva, y la anchura de sus hombros bajo sus camisetas. No sabía por qué estaba notando esas cosas, y no le gustaba exactamente. Le daban ganas de golpear a Mark, o de esconderse, a menudo al mismo tiempo.
"Estás mirando fijamente,” dijo Julian, mirando a Emma sobre las rodillas de su ropa de entrenamiento salpicada de pintura.
Ella rompió la atención. "¿A qué?"
"A Mark -de nuevo." Sonaba molesto.
"¡Cállate!" Emma siseó entre dientes, y le quitó su estela. Él la agarró de nuevo, y hubo un forcejeo. Emma se rió cuando se apartó de Julian. Había estado entrenando con él tanto tiempo, que sabía cada movimiento que haría antes de lo hiciera. El único problema era que ella llegaba a él demasiado fácil. La idea de alguien lastimando a Julian la puso furiosa, y a veces eso la incluía a sí misma.
"¿Esto es por las abejas en tu habitación?" Mark estaba exigiendo cuando se acercó a Tiberius. "¡Sabes por qué hemos tenido que deshacernos de ellas!"
“Supongo que lo hicieron para frustrarme,” dijo Ty. Ty era pequeño para su edad -diez-pero tenía el vocabulario y la dicción de alguien de ochenta años. Ty no decía mentiras generalmente, sobre todo porque él no entendía por qué podría necesitar decirlas. Él no podía entender por qué algunas de las cosas que hacía molestaba o disgustaba a las personas, encontraba la ira de ellos ya sea desconcertante o aterradora, dependiendo de su estado de ánimo.
"No se trata de frustrarte, Ty. Simplemente no puedes tener abejas en tu habitación-"
"¡Yo las estaba estudiando!" Ty explicó, su rostro con un pálido rubor. "Era importante, y eran mis amigas, y yo sabía lo que estaba haciendo."
"¿Al igual que sabías lo que estabas haciendo con la serpiente de cascabel aquella vez?” dijo Mark. "A veces alejamos las cosas de ti porque no queremos que te lastimes; sé que es difícil de entender, Ty, pero te amamos.”
Ty lo miró sin comprender. Él sabía lo que "te amo" significaba, y sabía que era bueno, pero no entendía por qué era una explicación para todo.
Marcos se agachó, con las manos sobre las rodillas, manteniendo al nivel de sus ojos con los grises de Ty. "Bien, esto es lo que vamos a hacer...."
"¡Ja!" Emma había logrado voltear a Julian sobre su espalda y quitarle su estela. El se echó a reír, retorciéndose debajo de ella, hasta que ella inmovilizó su brazo en el suelo.
"Me doy por vencido,” dijo él. "Me doy—"
Se estaba riendo muy cerca de ella y fue golpeada repentinamente con la realización de que la sensación de yacer directamente encima de Jules era en realidad un poco rara, y también la comprensión de que, al igual que Mark, su cara tenía una forma agradable. Redonda y juvenil y muy familiar, pero ella casi podía ver a través de la cara que tenía ahora a la cara que tendría, cuando fuera mayor.
El sonido del timbre del Instituto resonó en la habitación. Era un dulce y profundo repique como campanas de iglesia. Desde fuera, el Instituto a los ojos de los mundanos parecía las ruinas de una antigua comisión española. A pesar de que había carteles de PROPIEDAD PRIVADA y NO PASAR por todas partes, a veces la gente -por lo general los mundanos con una ligera dosis de Visión- conseguían llegar hasta la puerta principal de todos modos.
Emma se quitó de encima de Julian y sacudió su ropa. Ella había dejado de reír. Julian se incorporó, apoyándose en las manos, sus ojos curiosos. "¿Todo bien?,” dijo él.
“Me golpeé el codo.” ella mintió, y miró a los demás. Livvy estaba dejando que Katerina le mostrara cómo sostener el cuchillo, y Ty estaba sacudiendo la cabeza a Mark. Ty. Ella había sido la que le dio a Tiberius su apodo cuando él nació, ya que a los dieciocho meses de edad no había sido capaz de decir "Tiberius" y le decía “Ty-Ty” en su lugar. A veces se preguntaba si él lo recordaba. Era extraño, las cosas que le importaban a Ty y las cosas que no lo hacían. No se podían predecir.
"¿Emma?" Julian se inclinó hacia delante, y todo pareció a punto de estallar a su alrededor. Hubo un enorme repentino destello de luz, y el mundo fuera de las ventanas se convirtió en oro blanco y rojo, como si el Instituto se hubiera incendiado. Al mismo tiempo, el suelo debajo de ellos se movió como la cubierta de un barco. Emma se deslizó hacia delante al mismo tiempo que un horrible grito se elevó de la planta baja -un horrible grito irreconocible.
Livvy se quedó sin aliento y fue por Ty, envolvió sus brazos alrededor de él como si pudiera rodear y proteger su cuerpo con el suyo. Livvy era una de las pocas personas que a Ty no le importaba que lo tocara; se puso de pie, con los ojos muy abiertos, una de sus manos atrapadas en la manga de la camisa de su hermana. Mark se había puesto en pie ya; Katerina estaba pálido debajo de sus mechones de pelo oscuro. "Ustedes se quedan aquí," le dijo a Emma y Julian, agarrando su espada de la vaina en su cintura. "Cuiden a los gemelos. Mark, ven conmigo.”
"¡No!” Dijo Julian, poniéndose en pie. "Mark—"
"Voy a estar bien, Jules,” dijo Mark con una sonrisa tranquilizadora; él ya tenía una daga en cada mano. Él era ágil y rápido con los cuchillos, su puntería infalible. "Quédate con Emma,” dijo él, señalándolos, y luego desapareció después de Katerina, la puerta de la sala de entrenamiento se cerró detrás de ellos.
Jules se acercó a Emma, deslizó su mano en la de ella, y la ayudó a ponerse de pie; ella quiso señalarle que estaba bien y que podía ponerse en pie por sí misma, pero lo dejó pasar. Ella entendió la necesidad de sentir como si pudieras hacer algo, cualquier cosa para ayudar. De repente otro grito se escuchó desde la planta baja; hubo el ruido de cristales rotos.
Emma se apresuró a cruzar la habitación hacia los gemelos; aun estaban paralizados, como pequeñas estatuas. Livvy estaba pálido; Ty se aferraba a su camisa con un apretón de muerte.
"Va a estar bien,” dijo Jules, poniendo su mano entre los delgados omóplatos de su hermano. "Sea lo que sea—”
"No tienes ni idea de lo que es,” dijo Ty con voz cortante. "No puedes decir que va a estar bien. No lo sabes.”
Hubo otro ruido, entonces. Era peor que el sonido de un grito. Fue un aullido terrible, salvaje y cruel. ¿Hombres lobo? Emma pensó con asombro, pero había oído antes aullar a un hombre lobo; esto era algo mucho más oscuro y cruel.
Livvy se acurrucó contra el hombro de Ty. Levantó su carita blanca, sus ojos siguiendo a Emma para parar en Julian. "Si nos escondemos aquí,” dijo Ty, “y lo que sea nos encuentra, y hace daño a nuestra hermana, entonces es tu culpa."
El rostro de Livvy estaba oculto contra Ty; él había hablado en voz baja, pero Emma no tenía ninguna duda de que hablaba en serio. A pesar de todo el intelecto aterrador de Ty, a pesar de su extrañeza y la indiferencia hacia los demás, era inseparable de su gemela. Si Livvy estaba enferma, Ty dormía a los pies de su cama; si ella conseguía un rasguño, a él le entraba el pánico, y era lo mismo de parte de Livvy.
Emma vio las emociones conflictivas pasando a través del rostro de Julian -sus ojos buscaron los de ella, y ella asintió minuciosamente. La idea de quedarse en la sala de entrenamiento y esperar que lo que había hecho el sonido se acercara a ellos hacía que su piel se sintiera como si estuviera siendo despegada de sus huesos.
Julian cruzó la habitación y regresó con una ballesta y dos dagas. "Tienes que dejar ir a Livvy ahora, Ty,” dijo, y después de un momento, los gemelos se separaron.
Jules entregó Livvy una daga y le ofreció la otra a Tiberius, quien lo miró como si se tratara de una cosa ajena.
“Ty,” dijo Jules, dejando caer su mano. "¿Por qué tienes las abejas en tu habitación? ¿Qué es lo que te gusta de ellas?"
Ty no dijo nada.
"Te gusta la forma en que trabajan juntas, ¿verdad?,” Dijo Julian. "Bueno, tenemos que trabajar juntos ahora. Vamos a llegar a la oficina y hacer una llamada a la Clave, ¿de acuerdo? Una llamada de socorro. Así ellos van a enviar un respaldo para protegernos.”
Ty tendió la mano para tomar la daga con un gesto brusco. "Eso es lo que yo habría sugerido si Mark y Katerina me hubieran escuchado."
"Él lo habría hecho,” dijo Livvy. Había tomado la daga con más confianza que Ty, y la sostuvo como si supiera lo que estaba haciendo con ella. "Es lo que él estaba pensando."
"Vamos a tener que ser muy silenciosos ahora,” dijo Jules. "Ustedes dos me van a seguir a la oficina." Levantó los ojos; su mirada se encontró con la de Emma. "Emma va ir por Tavvy y Dru y nos encontraremos allí. ¿Está bien?”
El corazón de Emma se abalanzó y se desplomó como un ave marina. Octavius-Tavvy, el bebé, de sólo dos años de edad. Y Dru, de ocho, demasiado joven para empezar el entrenamiento físico. Por supuesto que alguien iba a tener que ir por los dos. Y los ojos de Jules se lo estaban suplicando.
"Sí," dijo ella. "Eso es exactamente lo que voy a hacer."
Cortana estaba sujetada a la espalda de Emma, un cuchillo de lanzar en la mano. Ella pensó que podía sentir el latido de metal a través de sus venas como un latido del corazón mientras se deslizaba por el pasillo del Instituto, de espaldas a la pared. De vez en cuando en el pasillo se abrían las ventanas, y la vista del mar azul y las verdes montañas y las nubes blancas se burlaban de ella. Pensó en sus padres, en algún lugar en la playa, sin tener idea de lo que estaba sucediendo en el Instituto. Deseó que estuvieran allí, y al mismo tiempo se alegraba de que no lo estuvieran. Por lo menos estaban a salvo.
Ahora estaba en la parte del Instituto con la que estaba más familiarizada: los cuartos de la familia. Ella pasó junto al dormitorio vacío de Helen, la ropa empacada y su polvorienta colcha. Pasó el cuarto de Julian, familiar por un millón de veces que durmió fuera de casa, y el de Mark, con la puerta firmemente cerrada. La habitación de al lado era del señor Blackthorn, y justo al lado de ella estaba la guardería. Emma tomó una respiración profunda y empujo con el hombro la puerta.
Lo que vieron sus ojos en la pequeña habitación pintada de azul hizo que se ensancharan. Tavvy estaba en su cuna, sus pequeñas manos agarrando las barras, las mejillas de color rojo brillante de tanto gritar. Drusilla parada frente a la cuna, una espada -sabía el Ángel de dónde la había tomado- aferrada en su mano; señalando directamente a Emma. La mano de Dru temblaba lo suficiente para que la punta de la espada se balanceara; sus trenzas pegadas a ambos lados de su cara regordeta, pero la mirada en sus ojos Blackthorn fue una de determinación de acero: No te atrevas a tocar a mi hermano.
"Dru,” dijo Emma tan suavemente como pudo. "Dru, soy yo. Jules me ha enviado por ti.”
Dru dejó caer la espada con estrépito y se echó a llorar. Emma pasó junto a ella y tomó al bebé de la cuna con su brazo libre, poniéndolo sobre su cadera. Tavvy era pequeño para su edad, pero todavía pesaba unos 11 kg; ella hizo una mueca mientras él se agarraba a su pelo.
"Memma", dijo él.
"Shhh." Ella besó la parte superior de su cabeza. Olía a talco de bebé y lágrimas. "Dru, agarra a mi cinturón, ¿de acuerdo? Vamos a la oficina. Estaremos a salvo allí. "
Dru se apoderó del cinturón de armas de Emma con sus pequeñas manos; había dejado de llorar. Los Cazadores de Sombras no lloraban mucho, incluso cuando tenían ocho años.
Emma emprendió el camino hacia el pasillo. Los sonidos abajo eran peores ahora. Los gritos seguían todavía, el aullido profundo, los sonidos de cristales rotos y la madera rasgada. Emma avanzó hacia adelante, agarrando a Tavvy, murmurando una y otra vez que todo estaba bien, que estaría bien. Y había más ventanas, y el sol pasaba a través de ellas con saña, casi cegándola.
Estaba cegada por el pánico y el sol; era la única explicación para la vuelta equivocada que tomó. Dio la vuelta por un corredor, y en vez de encontrarse en el pasillo que ella esperaba, se encontró de pie encima de la amplia escalera que conducía al vestíbulo y las grandes puertas dobles que eran la entrada del edificio.
El vestíbulo estaba lleno de cazadores de sombras. Algunos, familiares para ella como los Nefilim de la Cónclave de Los Ángeles, en negro, otros en trajes rojos. Había hileras de estatuas, ahora volcadas, hechas trozos y polvo sobre el suelo. El ventanal que daba al mar había sido destrozado, y vidrio roto y sangre estaban por todas partes.
Emma sintió una sacudida en su estómago. En el medio del vestíbulo había una figura alta de escarlata. Él era rubio pálido, casi de pelo blanco, y su rostro parecía el rostro de mármol tallado de Raziel, en su totalidad y sin misericordia. Sus ojos eran de negro carbón, y en una mano llevaba una espada sellada con un modelo de estrellas; en la otra, una copa hecha de relucientes diamantes.
La vista de la copa desencadenó algo en la mente de Emma. A los adultos no les gustaba hablar de política en torno a los cazadores de sombras más jóvenes, pero ella sabía que el hijo de Valentine Morgenstern había adquirido un nombre diferente y había jurado venganza contra la Clave. Ella sabía que había hecho una copa que era lo contrario de la Copa del Ángel, que transformaba a los Cazadores de Sombras en algo malo, criaturas demoníacas. Había oído que el Sr. Blackthorn llamaba a cazadores de sombras malos, Los Oscuros; había dicho que prefería morir antes que ser uno.
Éste era él, entonces. Jonathan Morgenstern, a quien todo el mundo llamaba Sebastián -una figura sacada de un cuento de hadas, una historia contada para asustar a los niños, cobrando vida. El hijo de Valentine. 

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